El molino de Floss

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La alternancia de sentimientos de este primer diálogo entre Tom y Philip se mantuvo en sus relaciones, incluso tras varias semanas de convivencia escolar. Tom no olvidaba que, en tanto que hijo de un «bribó», Philip era su enemigo natural, y nunca superó por completo la repulsión que le inspiraba su deformidad: Tom se aferraba tenazmente a las impresiones recibidas: tal como sucede a las personas en las que la simple percepción predomina sobre el pensamiento y la emoción, lo externo se impuso de modo definitivo. Y, sin embargo, le resultaba imposible no apreciar la compañía de Philip cuando éste se encontraba de buen humor: era una gran ayuda para los ejercicios de latín, que Tom consideraba como una especie de acertijo que sólo se podía resolver gracias a un afortunado azar; y podía contarle fantásticas historias de combates sobre Hal del Wynd[17], por ejemplo, y otros héroes que Tom tenía en gran aprecio porque la emprendían a mamporros con todos. No estimaba mucho a Saladino, cuya cimitarra podía partir en dos un almohadón en un instante, porque ¿a quién se le ocurría partir almohadones? Era una historia tonta y no tenía el menor interés en volver a oírla. Pero cuando Robert Bruce, montado en el poni negro, se ponía en pie sobre los estribos y alzaba su hacha de guerra para partir en dos el yelmo y el cráneo del demasiado apresurado caballero en Bannockburn, entonces Tom se identificaba plenamente y, si hubiera tenido un coco a mano, lo habría partido de inmediato con el atizador de la chimenea. Cuando Philip estaba de buenas, daba gusto a Tom en la medida de sus posibilidades y describía los golpes y la furia de los combates con toda la artillería de epítetos y símiles a su alcance. Pero no siempre estaba contento o de buen humor. Los arrebatos de mal humor o de irritada susceptibilidad que mostró en el primer encuentro eran síntoma de un trastorno recurrente debido en parte a cierta irritabilidad nerviosa y en parte a la amargura que le producía su deformidad. Cuando era presa de uno de esos ataques de susceptibilidad, cada mirada le parecía cargada de piedad ofensiva o de rechazo mal reprimido, aunque sólo fuera de indiferencia pero Philip la sentía como un niño del sur recibe el helado aire de una primavera septentrional. La torpe actitud protectora que adoptaba el pobre Tom cuando se encontraban en el exterior hacía que algunas veces Philip se volviera con violencia contra el bienintencionado muchacho y que sus ojos, por lo general tristes y tranquilos, relampaguearan. No es de extrañar que Tom se mostrara receloso con el jorobado.


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