El molino de Floss
El molino de Floss El pobre Tom soportó el agudo dolor con heroísmo y se mantuvo firme en la decisión de no «chivars» del señor Poulter más de lo imprescindible: la existencia de la moneda de cinco chelines permaneció en secreto, incluso para Maggie. Sin embargo, lo atenazaba un temor terrible —tan terrible que ni siquiera se atrevía a formular la pregunta que podría obtener un «s» fatal— y no osó preguntar al médico ni al señor Stelling: «Señor, ¿voy a quedarme cojo?». Se dominó para no llorar de dolor, pero después de que le curaran el pie y lo dejaran solo con Maggie, sentada a la cabecera de la cama, los niños lloraron juntos con las cabezas recostadas sobre la misma almohada. Tom se veía caminando con muletas, como el hijo del carretero, y Maggie, que no tenía la menor idea de lo que pensaba su hermano, lloraba de verlo llorar. Ni al médico ni al señor Stelling se les había ocurrido prever el temor de Tom y tranquilizarlo con palabras de esperanza. En cambio, Philip vio salir al médico de la casa y abordó al señor Stelling para formularle la misma pregunta que Tom no se había atrevido a hacer.
—Disculpe, señor, ¿el doctor Askern ha dicho que Tulliver se quedaría cojo?
—¡Oh, claro que no! —contestó el señor Stelling—. Sólo cojeará una temporada.
—¿Y cree que se lo ha dicho a Tulliver?
