El molino de Floss

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—Bueno, bueno —dijo el señor Tulliver—. Si se porta bien contigo, intenta desagraviarlo y sé bueno con él. Es una pobre criatura cheposa y ha salido a su difunta madre. Pero no te hagas muy amigo de él: también lleva la sangre de su padre, y de tal palo, tal astilla.

Los caracteres opuestos de ambos chicos provocaron lo que no habría conseguido una simple reprobación del señor Tulliver: a pesar de la nueva amabilidad de Philip y del correspondiente agradecimiento de Tom en sus malos momentos, nunca fueron muy amigos. Cuando Maggie se fue y cuando Tom, poco a poco, empezó a caminar como siempre, la amistosa calidez que habían despertado la compasión y la gratitud fue muriendo y regresaron a su antigua relación. Philip se mostraba con frecuencia malhumorado y despectivo: y las impresiones amables y concretas de Tom fueron fundiéndose en el antiguo clima de recelo y desagrado hacia aquel chico raro, jorobado e hijo de un granuja. Para que los hombres y los chicos se unan gracias al calor de sentimientos efímeros deben estar hechos de metales que puedan alearse: de no ser así, se separarán en cuanto el calor cese.




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