El molino de Floss

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Maggie apenas volvió a ver a Philip durante el resto de su vida escolar: en las vacaciones de verano él iba siempre a la playa y en Navidades sólo se veían algunas veces en las calles de Saint Ogg’s. Cuando se encontraban, ella recordaba la promesa de saludarlo con un beso pero, como señorita interna en un colegio, ahora sabía que tal saludo era totalmente improcedente y Philip tampoco lo esperaba. La promesa era nula, como tantas otras dulces e ilusorias promesas de nuestra infancia; nula como las promesas hechas en el Edén antes de que se dividieran las estaciones, cuando las flores crecían al mismo tiempo que los frutos, e imposible de llevar a cabo una vez cruzadas las puertas doradas del paraíso.

Pero cuando su padre se embarcó finalmente en el pleito con que llevaba tantos años amenazando, y Wakem, como agente al mismo tiempo de Pivart y de Pero Botero, actuó contra él, incluso Maggie sintió, con cierta tristeza, que probablemente no volvería a tener ninguna intimidad con Philip: el mero nombre de Wakem hacía enfadar a su padre y en una ocasión le oyó decir que si su hijo jorobado vivía hasta heredar las fraudulentas ganancias de su padre, caería sobre él una maldición.



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