El molino de Floss
El molino de Floss Cuando el carruaje depositó a Tom y a Maggie, hacía ya cinco horas que ésta había salido de su casa y estaba inquieta ante la posibilidad de que su padre la hubiera echado de menos y hubiera preguntado en vano «dónde estaba la mocit». No se le ocurría que hubiera podido tener lugar otro cambio. Corrió por el sendero de gravilla y entró en la casa antes que Tom, pero en el umbral se sorprendió al percibir un fuerte olor a tabaco. La puerta del salón estaba entreabierta y de ahí salía el olor. Aquello era muy raro: ¿qué visita podría ponerse a fumar en un momento como aquél? ¿Estaba allí su madre? En ese caso, debía comunicársele la llegada de Tom. Tras la pausa debida a la sorpresa, Maggie estaba abriendo la puerta cuando llegó Tom y ambos miraron juntos hacia el salón. Allí se encontraba un hombre tosco y sucio cuyo rostro Tom recordaba vagamente, sentado en el sillón de su padre, fumando, junto a una jarra y un vaso.
