El molino de Floss

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Tal vez, lector, hayas tenido oportunidad de descender por el Ródano en un día de verano y sentir que la luz del sol se tornaba sombría por causa de los pueblos en ruinas que salpican las orillas en algunos tramos de su curso, contándonos que el rápido río creció en una ocasión, igual que un dios que arrastra «todo lo que tenía aliento de espíritu de vida en sus narice».[23] y convierte su morada en desolación. Quizás hayas pensado, lector, que estos tristes restos de casas vulgares, que en sus mejores tiempos eran meras muestras de una vida sórdida, propia en todos sus detalles de nuestra era vulgar, causan un efecto muy distinto al de las ruinas del castillado Rin, desmoronadas y fundidas con tal armonía en las laderas verdes y rocosas que parecen formar parte del paisaje natural, como el pino de montaña: es más, incluso recién construidos, los castillos poseerían esa cualidad natural, como si los hubiera edificado una raza nacida de la tierra que hubiera heredado de su poderosa madre un sublime instinto creador de formas. ¡Qué época novelesca! Si aquellos saqueadores feudales eran ogros malhumorados y borrachos, al menos la bestia salvaje que llevaban dentro poseía cierta grandeza: eran jabalíes que rasgaban y desgarraban con sus colmillos, pero no cerdos domésticos: representaban las fuerzas demoníacas siempre en conflicto con la belleza, la virtud y las costumbres civilizadas: ofrecían un hermoso contraste con el trovador errante, la princesa de labios suaves, el piadoso ermitaño y el tímido judío. Cuando la luz del sol caía sobre el destellante acero y los estandartes al viento, aquélla eras una época llena de color: una época de aventuras y fieras luchas; y no sólo eso, sino también de arte y entusiasmo religiosos. ¿Acaso no fue entonces cuando se construyeron las catedrales y los grandes emperadores dejaron sus palacios occidentales para morir ante las fortalezas infieles en el sagrado Oriente? Por todos estos motivos los castillos del Rin me inspiran poesía: pertenecen a la gran vida histórica de la humanidad y evocan en mí toda una época. En cambio, los esqueletos angulosos de ojos hundidos y color mortuorio de los pueblos a orillas del Ródano me oprimen con la sensación de que la vida humana —gran parte, por lo menos— es una existencia angosta, fea y humillante que ni siquiera la calamidad eleva, sino que, al contrario, tiende a exhibirla en toda su vulgaridad; y tengo la cruel convicción de que las vidas de las que esas ruinas son resto formaban parte de una tosca suma de oscura vitalidad que caerá en el mismo olvido que las sucesivas generaciones de hormigas y castores.


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