El molino de Floss

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La invitación supuso una agradable distracción para la pena de Maggie, y las lágrimas fueron desapareciendo mientras trotaba junto a Luke en dirección a la agradable casita que se alzaba entre manzanos y perales y disfrutaba de la dignidad adicional de un cobertizo a modo de pocilga junto a la orilla del Ripple. La señora Moggs, la esposa de Luke, le resultaba muy simpática: materializaba su hospitalidad en pan y melaza y, además, era dueña de varias obras de arte. Maggie olvidó que tuviera algún motivo de tristeza aquella mañana tras subirse a una silla para contemplar una notable serie de ilustraciones que representaban al hijo pródigo vestido como sir Charles Grandison, con la única excepción de que, como era de esperar de un carácter de tan escasa moralidad, a diferencia del héroe consumado, no había tenido ni el gusto ni la entereza suficientes para prescindir de la peluca. Sin embargo, la carga indefinible que habían dejado en su espíritu los conejos muertos de hicieron sentir más pena que de costumbre por la vida de aquel débil joven, especialmente cuando contempló la imagen donde se apoyaba en un árbol con aspecto fláccido, los calzones desabrochados y la peluca torcida, mientras dos cerdos, aparentemente de una raza extranjera, parecían insultarlo devorando cascabillo animadamente.

—Me alegro mucho de que su padre lo aceptara, ¿tú no, Luke? —preguntó Maggie—. Porque él estaba muy arrepentido, sabes, y no quería volverlo a hacer.


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