El molino de Floss

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Tras descubrir a Salt —ese individuo tan salao— envuelto en una nube de humo de tabaco en The Anchor Tavern, el señor Glegg inició una investigación que resultó lo bastante satisfactoria como para garantizar el adelanto del «cúmquibu», al que la tía Glegg contribuyó con veinte libras; y en este modesto principio puedes ver, lector, el origen de un hecho que, de otro modo, te habría sorprendido. Sin que su padre lo supiera, Tom empezó a acumular unos ahorros que prometían, a no muy largo plazo, superar la cantidad guardada y saldar las deudas. En cuanto empezó a dedicarse a esta fuente de beneficios, Tom decidió sacarle el mayor partido posible y no perdió oportunidad de obtener información y ampliar sus pequeños negocios. No se lo dijo a su padre, influido por esa extraña mezcla de sentimientos opuestos que con frecuencia da razón por igual a quienes censuran un comportamiento y a quienes lo admiran: por un lado, se debía a ese rechazo a las confidencias que se da entre familiares próximos —un rechazo hacia la familia que estropea la relación más sagrada de nuestra vida—; y, por otro, lo empujaba el deseo de sorprender a su padre con una gran alegría. No se le ocurrió pensar que habría sido mejor aliviar el intervalo con una esperanza y evitar el delirio de una alegría repentina.



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