El molino de Floss
El molino de Floss A principios del siguiente mes de abril, casi un año después de la dudosa despedida que acabas de presenciar, lector, puedes, si así lo deseas, ver de nuevo a Maggie entrar en las Fosas Rojas a través del bosquecillo de pinos albares. Mas, en esta ocasión, es a primera hora de la tarde y no a última, y el filo cortante de la brisa primaveral hace que Maggie se arrebuje en el gran chal y avance rápidamente; aunque mira a su alrededor, como siempre, para contemplar a sus anchas sus amados árboles. Su mirada es más inquisitiva que en junio pasado y una sonrisa vaga por sus labios, como si algún comentario jovial aguardara al oyente adecuado; éste no tarda en aparecer.
—Toma tu Corinne[28] —dijo Maggie, sacando el libro de debajo del chal—. Tenías razón al decirme que no me haría ningún bien. Pero te equivocabas al pensar que desearía ser como ella.
—Entonces, ¿de veras no te gustaría ser la décima musa, Maggie? —preguntó Philip, mirándole la cara como contemplaríamos nosotros el primer resquicio entre las nubes que promete otra vez un cielo despejado.
