El molino de Floss

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Capítulo VI

Tres semanas más tarde, cuando el molino de Dorlcote se encontraba en el más hermoso momento del año —los grandes castaños en flor y la hierba crecida y cubierta de margaritas—, Tom Tulliver regresó una tarde más temprano que de costumbre y, mientras cruzaba el puente, contempló con un afecto profundamente arraigado la respetable casa de ladrillos rojos, que siempre parecía alegre y acogedora desde el exterior, aunque por dentro las habitaciones estuvieran desnudas y los corazones tristes. Los ojos de color azul grisáceo de Tom tienen una expresión agradable mientras mira hacia las ventanas de la casa: la arruga del ceño no desaparece, pero no le sienta mal: cuando los ojos y la boca adoptan una expresión más suave parece implicar una fuerza de voluntad sin dureza. Su paso firme se acelera mientras las comisuras de los labios se rebelan contra el esfuerzo por reprimir una sonrisa.

En aquel momento, las miradas del salón no estaban vueltas hacia el puente y el grupo permanecía sentado en silencio, sin aguardar a nadie: el señor Tulliver se encontraba en su sillón, cansado tras una larga cabalgada, meditando con aire agotado y con mirada fija en Maggie, que cosía inclinada sobre la labor mientras su madre preparaba el té.

Todos alzaron la vista sorprendidos cuando oyeron los conocidos pasos.


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