El molino de Floss

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Capítulo IV

Para encontrar a Tom en casa, Maggie se vio obligada a ir a su alojamiento durante el día, a la hora de comer. No se hospedaba con desconocidos. Con el consentimiento tácito de Mumps, nuestro amigo Bob Jakin no sólo había tomado esposa ocho meses atrás sino también una de esas viejas y raras casas atravesadas por sorprendentes pasillos, situada junto al agua, donde, como él mismo señalaba, su esposa y su madre podían entretenerse alquilando un par de botes de recreo en los que había invertido parte de sus ahorros y también alojando a un huésped para el salón y el dormitorio que quedaban libres. En estas circunstancias, ¿qué podría ser más adecuado para el interés de ambas partes, consideraciones higiénicas aparte, que el inquilino fuera el señor Tom?

La esposa de Bob abrió la puerta a Maggie. Era una mujer diminuta con aspecto de muñeca de madera articulada, que, en comparación con la madre de Bob, que ocupaba tras ella todo el pasillo, parecía una de esas figuras humanas que colocan los artistas junto a una estatua colosal para mostrar las proporciones. En cuanto abrió la puerta, la menuda mujer saludó a Maggie con una reverencia y alzó la vista hacia ella con respeto, pero las palabras «¿Está mi hermano en casa?» que pronunció Maggie con una sonrisa hicieron que diera media vuelta con repentina excitación.


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