El molino de Floss

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Capítulo VII

El día siguiente amaneció lluvioso, y la mañana era una de esas en las que los varones del vecindario que no tienen una ocupación imperiosa en su casa tienden a visitar largo rato a sus amistades femeninas. La lluvia, que no les ha impedido caminar o cabalgar en un sentido, sin duda se volverá tan intensa y, al mismo tiempo, faltará tan poco para que escampe que nada más que una franca disputa podrá abreviar la visita: no bastara con el desagrado latente. Y si se trata de enamorados, ¿qué puede ser más agradable —en Inglaterra— que una mañana lluviosa? El sol inglés no es de fiar: los sombreros no resultan del todo seguros; y, si uno se sienta en la hierba, puede terminar acatarrado. En cambio, la lluvia sí es de confianza. Se galopa bajo ésta cubierto con un impermeable y al poco se encuentra uno en su asiento favorito, un poco por encima o un poco por debajo del que ocupa su diosa (sucede lo mismo en el terreno metafísico, y por ese motivo se adora y se desprecia a un tiempo a las mujeres), con la satisfactoria confianza de que no habrá señoras de visita.

—Estoy segura de que esta mañana Stephen vendrá antes —anunció Lucy—. Siempre es así cuando llueve.


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