El molino de Floss
El molino de Floss Se encontraban en la semana de Pascua y los pasteles de queso de la señora Tulliver eran más exquisitamente ligeros que de costumbre.
—Un golpe de viento se los llevarÃa como plumas —decÃa Kezia, la criada, orgullosa de servir a una señora capaz de elaborar semejantes pastelillos. De modo que ninguna otra estación o circunstancia podrÃan haber sido más propicias para celebrar una fiesta familiar, aún cuando no se considerara procedente consultar a la hermana Glegg y a la hermana Pullet sobre la estancia de Tom en la escuela.
—PreferirÃa no invitar a mi hermana Deane esta vez —confesó la señora Tulliver—: es celosa y posesiva como el que más y siempre está intentando dejar en mal lugar a mis pobres niños delante de los tÃos y tÃas.
—No, invita a los Deane —opinó el señor Tulliver—. Casi nunca hablo con él: hace por lo menos seis meses que no viene. ¿Qué importa lo que diga ella? Mis niños no necesitan que los contemplen.
