El molino de Floss

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Capítulo XI

Maggie llevaba cuatro días en casa de la tía Moss, dando un nuevo brillo al sol de los primeros días de junio a los ojos apagados por las penas de aquella mujer afectuosa y marcando una época para sus primos, grandes y chicos, que aprendían sus palabras y sus gestos de memoria, como si fuera un efímero avatar de la belleza y la sabiduría perfectas.

En ese tranquilo momento de la vida de una granja antes de que llegue la hora de ordeñar a las vacas por la tarde, Maggie se encontraba con su tía y varios primos dando de comer a las gallinas. Los grandes edificios que rodeaban la hondonada del patio eran tan lúgubres y tan ruinosos como siempre, pero sobre la vieja tapia del jardín, los descuidados rosales empezaban a agitar su carga veraniega, y la madera gris y los viejos ladrillos de la casa, en el piso superior, tenían un aspecto antiguo y aletargado bajo la luz de la tarde que tan bien sentaba a aquella hora de inactividad. Maggie, con la capota sobre el brazo, sonreía a un grupo de suaves pollitos.

—¡Santo cielo! —exclamó su tía—. ¿Quién es ese caballero que entra por la puerta de la verja?


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