El molino de Floss
El molino de Floss Maggie llevaba cuatro dÃas en casa de la tÃa Moss, dando un nuevo brillo al sol de los primeros dÃas de junio a los ojos apagados por las penas de aquella mujer afectuosa y marcando una época para sus primos, grandes y chicos, que aprendÃan sus palabras y sus gestos de memoria, como si fuera un efÃmero avatar de la belleza y la sabidurÃa perfectas.
En ese tranquilo momento de la vida de una granja antes de que llegue la hora de ordeñar a las vacas por la tarde, Maggie se encontraba con su tÃa y varios primos dando de comer a las gallinas. Los grandes edificios que rodeaban la hondonada del patio eran tan lúgubres y tan ruinosos como siempre, pero sobre la vieja tapia del jardÃn, los descuidados rosales empezaban a agitar su carga veraniega, y la madera gris y los viejos ladrillos de la casa, en el piso superior, tenÃan un aspecto antiguo y aletargado bajo la luz de la tarde que tan bien sentaba a aquella hora de inactividad. Maggie, con la capota sobre el brazo, sonreÃa a un grupo de suaves pollitos.
—¡Santo cielo! —exclamó su tÃa—. ¿Quién es ese caballero que entra por la puerta de la verja?
