El molino de Floss
El molino de Floss Con renovada decisión, Maggie se puso en pie para remar: pero el reflujo aceleraba la velocidad del rÃo y la arrastró más allá del puente. Oyó gritos procedentes de las ventanas que daban sobre el rÃo, como si la gente la llamara. Cuando se encontraba casi a la altura de Tofton, pudo salir de la corriente. Entonces, tras lanzar una mirada de anhelo hacia la casa del tÃo Deane, situada más abajo, tomó ambos remos y bogó con todas sus fuerzas por los campos inundados, retrocediendo hacia el molino. Los colores empezaban a despertar y, a medida que se acercaba a los campos de Dorlcote, fue distinguiendo los tonos de los árboles: vio los viejos pinos albares a lo lejos, hacia la derecha, y los castaños de su casa. ¡Oh! El agua los cubrÃa hasta muy arriba, más arriba que otros árboles situados en aquel lado de la colina. ¿Y el tejado del molino? ¿Dónde estaba? Y los pesados fragmentos que bajaban por el Ripple, ¿qué significaban? Pero no eran de la casa, la casa se mantenÃa firme: sumergida hasta el primer piso, pero firme ¿o tal vez estaba rota hacia el lado del molino?
Jadeando, feliz de haber llegado y más dichosa que inquieta, Maggie se acercó a la fachada de la casa.
Al principio no oyó nada: no vio que nada se moviera. El bote quedaba a la altura de las ventanas delanteras.
—Tom, ¿dónde estás? —llamó con voz alta y potente—. ¿Dónde está, madre? Soy yo, Maggie.