El molino de Floss

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Sólo después de que se alejaran de allí, cuando se encontró sobre las aguas —cara a cara con Maggie—, Tom alcanzó a comprender la magnitud de lo sucedido. Fue una revelación tan abrumadora, tan inesperada sobre las profundidades de la vida, sobre todo lo que había sido incapaz de ver —él que creía tener una vista tan aguda y clara— que se sintió incapaz de hacer ninguna pregunta. Permanecieron sentados, mirándose: Maggie, con unos ojos intensamente vitales, lo miraba desde un rostro cansado, derrotado; Tom, pálido, con cierta expresión de respeto y humillación. El pensamiento estaba ocupado, pero los labios permanecían en silencio: y aunque no pudo formular ninguna pregunta, Tom adivinó el relato de un esfuerzo protegido de modo casi milagroso. Al fin, una neblina cubrió los ojos de color gris azulado y los labios hallaron una palabra que podían pronunciar: el infantil «¡Maggie!».

Maggie no pudo dar otra respuesta que un sollozo largo y profundo que expresaba aquella felicidad misteriosa y maravillosa íntimamente ligada al dolor.

—Vamos a buscar a Lucy —dijo Maggie en cuanto pudo hablar—. Tom, vamos a ver si está a salvo, y después ayudaremos a los demás.

Tom remó con vigor infatigable, a velocidad muy distinta que la pobre Maggie. No tardó el bote en encontrarse de nuevo en la corriente del río, de modo que no tardarían en llegar a Tofton.


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