El Velo descubierto
El Velo descubierto Antes de que acabara el otoño, mientras las hayas de nuestro jardín todavía conservaban sus hojas marrones, mi hermano y Bertha se comprometieron en matrimonio. Se suponía que la boda iba a celebrarse a principios de la siguiente primavera. A pesar de la certeza que sentí en aquel momento, en el puente de Praga, de que Bertha sería mi esposa algún día, mi timidez y desconfianza habían seguido entumeciéndome, y las palabras con las que a veces había premeditado una confesión de mi amor, se habían desvanecido sin ser pronunciadas. El mismo conflicto seguía estando en mí, el deseo de una muestra de amor proveniente de los labios de Bertha, el terror a que una palabra de desprecio o de negación cayera sobre mí como un ácido corrosivo. ¿Cuál era para mí la convicción de una necesidad distante? Temblaba bajo una mirada corriente, deseaba con ansia la dicha diaria, me sentía torpe y desalentado debido a un miedo cotidiano. Sin embargo, los días transcurrían. Observaba el noviazgo de Bertha y oía conversaciones acerca de la boda, todo ello como si sufriera una pesadilla consciente, sabiendo que era un sueño que se desvanecería, ahogándome por sentirme agarrado por dedos que me apresaban.
