Middlemarch
Middlemarch Y aquí tengo que reclamar el derecho a una reflexión filosófica, observando que en aquella ocasión el señor Brooke no pensó en absoluto en el discurso de carácter radical que, en un período posterior, llegaría a pronunciar él mismo sobre los ingresos de los obispos. ¿Qué elegante historiador desdeñaría la oportunidad de señalar que sus héroes no previeron ni la historia del mundo, ni siquiera sus propias acciones? Que, por ejemplo, Enrique de Navarra, siendo bebé protestante, jamás imaginó que se convertiría en monarca católico; o que Alfredo el Grande, cuando medía sus noches de trabajo por las velas consumidas, no pensó en los futuros caballeros que medirían sus días de ociosidad con relojes. He aquí una mina de verdades que, por muy vigorosamente que trabajemos en ella, durará probablemente más que nuestro carbón.
Pero acerca del señor Brooke voy a hacer una observación más, quizá menos garantizada por otros precedentes, y se trata de que incluso el hecho de conocer de antemano su futuro discurso no hubiera cambiado mucho las cosas. Pensar con satisfacción en que el marido de su sobrina tuviera unos ingresos muy saneados era una cosa y otra muy distinta pronunciar un discurso liberal; y una persona incapaz de ver un asunto cualquiera desde diferentes puntos de vista tiene una mentalidad muy estrecha.