Middlemarch
Middlemarch Rosamond hablaba y lloraba con esa dulzura que hace omnipotentes palabras y lágrimas para un hombre de corazón amante. Lydgate acercó su silla a la de su esposa y apretó la delicada cabeza contra su mejilla con su tierna y poderosa mano. Solo la acarició; no dijo nada; porque ¿qué se podía decir? No estaba en condiciones de prometer que la protegería contra la temida miseria, porque no veía ningún medio seguro de hacerlo. Cuando la dejó para marcharse de nuevo, se dijo a sí mismo que la situación en que se hallaban era diez veces más dura para ella: él tenía una vida fuera del hogar y constantes requerimientos de su actividad en beneficio de otros. Quería excusarlo todo si le era posible… Pero, de manera inevitable, al adoptar aquella actitud exculpatoria, pensaba en Rosamond como si fuera un animal de una especie distinta y más débil cuando, en realidad, su mujer lo había dominado.