Middlemarch
Middlemarch ¡Pobre Lydgate! El «si Rosamond no pone inconvenientes», que se le había escapado de manera involuntaria como parte de su pensamiento, era un indicio significativo del yugo que soportaba. Pero el señor Farebrother, cuyas esperanzas se incorporaban con fuerza a la misma corriente que las de Lydgate, y que nada sabía sobre el médico que pudiera inspirarle presentimientos melancólicos, se despidió felicitándolo afectuosamente.