Middlemarch
Middlemarch Nada tiene de sorprendente que en el caso de un carácter enérgico como el de Lydgate la sensación de una irremediable mala interpretación se transformara con facilidad en resistencia testaruda. El fruncimiento de frente y cejas que a veces aparecía en su rostro no era simple casualidad. Cuando regresó de nuevo a la ciudad después de aquel paseo en las primeras horas de dolor punzante, Lydgate ya estaba afirmándose en la idea de seguir en Middlemarch a pesar de todo lo que pudieran hacer contra él. No retrocedería ante la calumnia como si la aceptara. Se enfrentaría a ella con todas sus fuerzas, y ninguno de sus actos pondría de manifiesto que tuviera miedo. Formaba parte de su generosidad así como del ímpetu desafiante de su carácter la decisión de manifestar con claridad su sentimiento de gratitud a Bulstrode. Era cierto que su asociación con aquel hombre le había sido fatal… cierto que, si hubiera tenido las mil libras en la mano y todas sus deudas sin pagar, le hubiera devuelto el dinero a Bulstrode, para dedicarse a la mendicidad antes que aceptar un rescate manchado por la sospecha del soborno (porque, recuérdese, Lydgate era uno de los más orgullosos entre los hijos de los hombres)… No abandonaría, sin embargo, a aquel prójimo suyo tan anonadado cuya ayuda había recibido, ni haría un lamentable esfuerzo para conseguir la absolución echándole las culpas a otro. «Haré lo que considere justo y no daré explicaciones a nadie. Tratarán de sitiarme por hambre, pero…», seguía diciéndose con obstinada determinación; la proximidad a su casa, sin embargo, exigió que el recuerdo de Rosamond se colocara de nuevo en el sitio de honor del que había sido desplazado por los dolorosos forcejeos del honor y del orgullo heridos.