Middlemarch

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Capítulo LXXVIII

Ojalá fuese ayer y estuviera yo en la tumba,

con su dulce fe como lápida.

Rosamond y Will se quedaron inmóviles —no supieron cuánto tiempo—, él contemplando el sitio donde había estado Dorothea y ella mirándolo con expresión dubitativa. A Rosamond, que en lo más profundo de su alma estaba más satisfecha que disgustada por lo que acababa de ocurrir, aquella pausa se le hizo interminable. Los caracteres superficiales sueñan con dominar fácilmente las emociones de otros, confiando implícitamente en su mezquino encanto para desviar las corrientes más profundas, y seguros de dotar de realidad, mediante gestos y observaciones elegantes, a cosas inexistentes. Rosamond sabía que Will había recibido un golpe terrible, pero tenía muy poca costumbre de imaginar los estados de ánimo de otras personas, excepto como material moldeado por sus propios deseos, y creía en su poder para consolar o para dominar. Incluso Tertius, el más perverso de los hombres, a la larga siempre terminaba por ceder. Los acontecimientos se mostraban más obstinados, pero Rosamond aún habría seguido diciendo en aquel momento, como antes de su matrimonio, que nunca renunciaba a lo que se había propuesto.

Extendió el brazo y posó suavemente los dedos sobre el brazo de Will.


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