Middlemarch
Middlemarch Como resultado de lo que Fred le contó, el señor Vincy decidió hablar con Bulstrode en su despacho del banco a la una y media, momento en que de ordinario se hallaba libre de otras visitas. Pero alguien se había presentado a la una, y el señor Bulstrode tenía tantas cosas que decirle que había muy pocas posibilidades de que la entrevista concluyera en el espacio de media hora. El banquero tenía el verbo fácil, pero también copioso, y gastaba una apreciable cantidad de tiempo haciendo breves pausas reflexivas. No debe suponerse que su aspecto enfermizo fuera del tipo amarillento con cabellos negros: tenía una piel pálida pero blanca, cabellos castaños salpicados de canas, ojos de color gris claro y una frente muy grande. Los hombres que hablaban muy fuerte decían que su voz no era suave, sino baja, y a veces daban a entender que estaba reñida con la franqueza, aunque no parezca que existan razones para que un hombre que habla alto no esté dispuesto a ocultar cualquier cosa excepto su propia voz, a no ser que se pueda demostrar que, según la Sagrada Escritura, el asiento de la franqueza se halle en los pulmones. El señor Bulstrode tenía también tendencia a inclinarse respetuosamente al escuchar y una fijeza en la mirada que, a las personas que se consideraban dignas de ser oídas, las llevaba a la conclusión de que procuraba sacar todo el provecho posible de sus palabras. Otros, que no esperaban hacer una gran figura, encontraban molesto verse iluminados por aquella especie de linterna moral. Quien no está orgulloso de su bodega no se siente particularmente satisfecho cuando un huésped alza el vaso de vino hacia la luz y lo contempla con aire imparcial. Tales alegrías están reservadas para quienes tienen conciencia de sus méritos. De aquí que el perseverante escrutinio del señor Bulstrode no resultara agradable para los publicanos y pecadores de Middlemarch; algunos lo atribuían a su fariseísmo; otros, a su adscripción al evangelismo. Los pensadores más profundos querían saber quiénes eran su padre y su abuelo, recalcando que veinticinco años antes nadie había oído hablar de ningún Bulstrode en Middlemarch. A su visitante de aquel momento, Lydgate, la mirada escrutadora del banquero le resultaba por completo indiferente: le servía tan solo para formarse una desfavorable opinión sobre la salud de su interlocutor y para concluir que poseía una intensa vida interior y que disfrutaba muy poco con las cosas tangibles.