Middlemarch
Middlemarch «Estoy segura… por lo menos, confÃo —pensó Celia— en que llevar una gargantilla no suponga un obstáculo para mis oraciones. Y no creo que tenga que sentirme obligada por las ideas de Dodo ahora que empezamos a hacer vida social, aunque, por supuesto, mi hermana sà que deberÃa obrar de acuerdo con ellas. Pero Dorothea no siempre es consecuente».
Asà pensaba Celia, inclinada en silencio sobre su bordado hasta que oyó a su hermana llamándola.
—Ven, Kitty, mira mi proyecto; creeré que soy un gran arquitecto si consigo que escaleras y chimeneas no resulten incompatibles.
Mientras Celia se inclinaba sobre el papel, Dorothea acarició con la mejilla el brazo de su hermana. Celia entendió el significado de aquel gesto. Dorothea se arrepentÃa de haber obrado mal, y Celia la perdonó. Hasta donde alcanzaba su memoria común, siempre habÃa existido una mezcla de crÃtica y de temor reverente en la actitud de Celia hacia su hermana mayor. La pequeña soportaba el yugo; pero ¿existe alguna criatura sometida al yugo que carezca de opiniones personales?