Middlemarch

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El reverendo Camden Farebrother, a quien Lydgate fue a ver la tarde siguiente, vivía en una vieja casa parroquial, hecha de piedra, lo bastante venerable para no desentonar con la iglesia que tenía al lado. Todos los muebles que había en la casa también eran viejos, pero con otro grado distinto de edad: la del padre y el abuelo del señor Farebrother. Había sillas pintadas de blanco, con dorados y guirnaldas, y antiguos damasquinados de seda roja con algunos rotos; láminas con retratos de lores cancilleres y otros célebres abogados del siglo pasado; había también grandes espejos para reflejarlos, así como mesitas de caoba y sofás que parecían una prolongación de las incómodas sillas, todo ello muy destacado sobre el oscuro revestimiento de madera que cubría las paredes. Esa era la fisonomía del salón en el que se hizo entrar a Lydgate y donde lo recibieron tres señoras, también muy chapadas a la antigua, y de una respetabilidad algo descolorida pero auténtica: la señora Farebrother, la madre del vicario, anciana de pelo blanco, con volantes y pañoleta inmaculadamente limpios, erguida, de ojos vivos y todavía por debajo de los setenta; la señorita Noble, su hermana, una diminuta anciana de aspecto más sumiso, con unos volantes y una pañoleta decididamente más gastados y remendados; y la señorita Winifred Farebrother, la hermana mayor del vicario, bien parecida, como el mismo Farebrother, pero reprimida y sojuzgada como suele suceder con las mujeres solteras que pasan la vida en ininterrumpida sujeción a sus mayores. Lydgate no pensaba encontrarse con un grupo tan singular: sabiendo simplemente que el señor Farebrother era soltero, esperaba que lo llevaran a un cómodo estudio donde los muebles más importantes serían probablemente los libros y las típicas colecciones de un devoto de la naturaleza. El mismo vicario parecía tener un aspecto distinto, como suele pasar con la mayoría de los hombres cuando personas que los han conocido en otro sitio los ven por vez primera en su propia casa; algunos, efectivamente, dan la impresión de ser actores especializados en papeles simpáticos y desventajosamente contratados para hacer de cascarrabias en una nueva pieza. No era ese el caso del señor Farebrother, que tan solo resultaba un poco más apacible y más silencioso, porque quien llevaba la voz cantante era su madre, mientras él se limitaba a añadir de vez en cuando una observación bien humorada y moderadora. La anciana señora estaba sin duda acostumbrada a decir a sus interlocutores lo que tenían que pensar, sin considerar que pudiera existir algún tema que no necesitara de su dirección, y disponía de tiempo libre para aquella tarea gracias a que la señorita Winifred se ocupaba de atender a todas sus pequeñas necesidades. Mientras tanto, la diminuta señorita Noble, que llevaba al brazo una pequeña cesta, introdujo en ella un terrón de azúcar, que previamente había dejado caer en su platillo como por equivocación; luego miró furtivamente alrededor y volvió a ocuparse de su taza de té con un inocente ruidito como el que podría producir un diminuto y tímido cuadrúpedo. Por favor, que nadie piense mal de la señorita Noble. El cesto contenía pequeñas cantidades de alimentos fáciles de transportar, destinados a los hijos de sus amistades más necesitadas, a los que iba a visitar las mañanas de buen tiempo; porque acariciar y dar de comer a todas las criaturas necesitadas era para ella un placer tan espontáneo que lo consideraba en gran parte un agradable vicio al que le resultaba imposible resistirse. Quizá se sabía tentada de robar a los que tenían mucho para dárselo a los que se hallaban privados de todo, y llevaba en la conciencia la culpabilidad de aquel deseo reprimido. ¡Se ha de ser pobre para apreciar el lujo de dar!


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