Middlemarch

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Siento tener que decir que tan solo tres días después de los favorables acontecimientos de Houndsley, Fred Vincy estaba más desanimado que nunca. No es que le fallara el posible comprador para su caballo, sino que, antes de que pudiera cerrar el trato con el criado de lord Medlicote, Diamond, sobre el que descansaba la esperanza de conseguir ochenta libras, había exhibido, sin previo aviso, una perversa y violentísima tendencia a cocear y después de estar a punto de matar al mozo, terminó por lisiarse gravemente al enganchársele una pata en la cuerda que colgaba por encima de la pared de tablas de la cuadra. Aquello tenía tan poco remedio como la aparición del mal genio después del matrimonio, algo de lo que, por supuesto, los compañeros de siempre se habían percatado antes de la ceremonia. Por alguna razón Fred no fue capaz de mostrar su habitual flexibilidad ante aquel golpe adverso de la fortuna: comprendió que solo tenía cincuenta libras, que no contaba con la menor posibilidad de conseguir más dinero por el momento y que el pagaré de ciento sesenta iba a ser presentado al cabo de cinco días. Incluso aunque recurriera a su padre con la súplica de que se le evitara semejante pérdida al señor Garth, Fred se daba cuenta, lleno de dolorosa compunción, de que su padre se negaría, indignado, a librar al señor Garth de lo que calificaría de incitación al derroche y al engaño. El joven Vincy se sentía tan deprimido que tan solo se le ocurrió ir directamente al señor Garth y contarle la triste verdad, haciendo al mismo tiempo entrega de las cincuenta libras, para que al menos aquella suma saliera de sus manos sin exponerse a nuevos peligros. Su padre, por encontrarse en el almacén, no estaba al tanto del accidente: cuando lo supiera protestaría, colérico, de que se hubiese metido al animal en su cuadra; y antes de superar aquella molestia de menor cuantía, Fred quería salir a enfrentarse con la más importante con todo su valor intacto. Hizo ensillar el jaco de su padre, porque había decidido que, después de hablar con el señor Garth, se trasladaría a Stone Court para confesarle toda la verdad a Mary. De hecho, es probable que sin la existencia de Mary y del amor que sentía por ella su conciencia se hubiera mostrado mucho menos activa tanto a la hora de recordarle con insistencia su deuda como a la de exigirle que no se evitara molestias mediante el habitual sistema de retrasar cualquier tarea desagradable y actuara, por el contrario, con toda la rapidez y sencillez de que fuera capaz. Incluso seres humanos mucho más enérgicos que Fred Vincy conservan la mitad de su rectitud en el alma de la persona que más quieren. «Se ha derrumbado el teatro de todas mis acciones», dijo un personaje antiguo al morir su mejor amigo; y son muy afortunadas las personas que disfrutan de un teatro cuyo público les pide que den lo mejor de sí mismos. El hecho de que Mary Garth tuviera unas ideas tan claras sobre las cualidades que hacían admirable a una persona fue sin duda decisivo para Fred Vincy en aquel momento.


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