Middlemarch

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La triunfal seguridad del alcalde, fundada en la insistencia del señor Featherstone en que Fred y su madre no se apartaran de su lado, era una emoción muy débil comparada con las que agitaban el pecho de los consanguíneos del anciano, que, como es lógico, manifestaban más su respeto por los lazos familiares y eran más visiblemente numerosos ahora que su pariente ya no se levantaba de la cama. Como es lógico: porque cuando «el pobre Peter» ocupaba su sillón en la sala con revestimiento de madera, ni las más pertinaces cucarachas para las que la cocinera prepara agua hirviendo podían haber sido peor recibidas, en un hogar que tenían razones para preferir, que aquellas personas cuya sangre del tronco Featherstone estaba mal alimentada no en razón de la tacañería, sino de la pobreza. El hermano Solomon y su hermana Jane eran ricos y no consideraban que la franqueza familiar y la total ausencia de falsa urbanidad con que siempre se los recibía fuesen razón suficiente para que su hermano, en el acto solemne de hacer testamento, pasara por alto los derechos superiores de la riqueza. Al menos el señor Featherstone no había sido tan inhumano como para prohibirles la entrada en su casa y no juzgaban excentricidad que hubiese mantenido alejados al hermano Jonah, a la hermana Martha y al resto, que no poseían ni la sombra de tales derechos. Conocían la máxima de Peter, según la cual el dinero era un huevo fresco y había que ponerlo en un nido tibio.


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