Middlemarch

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Aquella noche, después de las doce, Mary Garth tomó el relevo en la habitación del señor Featherstone y se quedó a solas con él las primeras horas de la madrugada. A menudo elegía aquella tarea, en la que hallaba cierto placer, a pesar de los malos modos del anciano cuando solicitaba sus cuidados. Pero había pausas durante las que se quedaba completamente inmóvil en la silla, disfrutando de la quietud exterior y de la media luz. El fuego de la chimenea, con sus suaves movimientos perfectamente audibles, parecía algo así como una solemne existencia llena de calma e independiente de las mezquinas pasiones, de los deseos estúpidos, del esforzarse tras las cosas inciertas sin el menor valor que suscitaban diariamente su desprecio. A Mary le gustaban sus propios pensamientos y podía pasarlo muy bien sentada en la penumbra con las manos en el regazo; porque, al tener desde muy temprana edad razones sólidas para creer en la imposibilidad práctica de que las cosas se arreglaran para su satisfacción personal, malgastaba muy poco tiempo asombrándose y enfadándose por ello. De manera que había llegado ya a considerar la vida como algo muy parecido a una comedia en la que ella había tomado la altiva resolución, más aún, la generosa resolución, de no desempeñar un papel ruin ni traicionero. Mary podría haberse convertido en una persona cínica de no haber sido por unos padres a los que respetaba y por un depósito interior de afectuosa gratitud que era aún más valioso porque había aprendido a no desear cosas poco razonables.


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