Middlemarch
Middlemarch —¡Dorothea! —exclamó, con un amable tono de sorpresa en la voz—. ¿Me estabas esperando?
—SÃ; no querÃa molestarte.
—Ven, querida, ven. Tú eres joven y no necesitas alargarte la vida con vigilias.
Cuando la serena y amable melancolÃa de aquellas palabras penetró en los oÃdos de Dorothea, sintió algo parecido a la gratitud que surgirÃa en nosotros si hubiéramos evitado por muy poco herir a una criatura lisiada. Dorothea tomó la mano de su marido y los dos avanzaron por el amplio corredor.