Middlemarch
Middlemarch Dorothea mencionó el hospital a su marido durante la velada y dijo que le gustaría aportar doscientas libras: contaba con setecientas al año, recibidas como dote al casarse, a modo de equivalente de su fortuna personal. El señor Casaubon no hizo otra objeción que un breve comentario sobre la posibilidad de que aquella suma fuese desproporcionada en relación con otras buenas obras, pero cuando Dorothea, en su ignorancia, rechazó la sugerencia, le dio su aprobación. No le importaba gastar dinero y no se resistía a darlo. Si alguna vez sentía vivamente las cuestiones de dinero era por estar relacionadas con otra pasión distinta del interés por las posesiones materiales.
Dorothea le contó que había visto a Lydgate y explicó lo más importante de su conversación sobre el hospital. El señor Casaubon no le hizo más preguntas, aunque tuvo el convencimiento de que Dorothea había querido enterarse de lo sucedido entre Lydgate y él. «Sabe que lo sé», dijo la voz que nunca descansaba dentro de él; pero aquel nuevo convencimiento tácito solo sirvió para disminuir aún más la confianza entre ellos. El señor Casaubon desconfiaba del afecto de Dorothea; y ¿existe acaso una soledad más solitaria que la desconfianza?