Middlemarch
Middlemarch Sin duda las horas doradas se vuelven grises,
no bailan ya, y se esfuerzan en vano por correr:
veo sus cabellos blancos flotando al viento…
Todos los rostros están demacrados cuando me miran,
mientras giran despacio en la esfera constante que los abraza
empujados por la tormenta.
La congoja de Dorothea al abandonar la iglesia se debía fundamentalmente a haber advertido que el señor Casaubon estaba decidido a no hablar con su primo y que la aparición de Will en el templo solo había servido para señalar con más fuerza la distancia que los separaba. La iniciativa de Will le pareció excusable, más aún, la consideró un encomiable intento en pos de la reconciliación que ella anhelaba desde el primer momento. Ladislaw se había imaginado probablemente, igual que ella, que, si el señor Casaubon y él se encontraban de una manera natural, se darían la mano y quizá reanudaran unas relaciones amistosas. Ahora Dorothea se sentía despojada de aquella esperanza. Will quedaba más proscrito que nunca, ya que el señor Casaubon debía sentirse doblemente contrariado por el hecho de que se le impusiera una presencia que él se negaba a reconocer.
