El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota EL TRÉBOL DE JUDEA[113]
Como hemos dicho, Jesús seguía orando, con la frente hundida en el suelo. Dios oía sus súplicas, todas en favor de la humanidad. Sus ruegos fueron atendidos, y la sangre que ofrecía por el pecado ajeno, admitida. Cuando Jesús se levantó, una de las gotas de sangre que manchaban su pura frente cayó en el cáliz de una pequeña y modesta flor que se hallaba a sus pies. Iba a salir de la gruta, pues la hora de su prisión se acercaba, y quería antes despedirse de sus tres discípulos favoritos, cuando oyó una voz que hubiera sido imperceptible para otros oídos que los de Jesús, que decía:
—Señor, inclina tus divinos ojos hacia la tierra y mírame. Tus castos labios han tocado no hace mucho mis hojas inodoras y la preciosa sangre de tu frente ha caído en mi cáliz sin perfumes; yo soy la planta más humilde y más modesta de Israel. Nadie me mira, nadie me coge con amor, porque no tengo virtud ninguna; pero Tú puedes hacerme inmortal, concediendo a mi familia una gota de sangre en cada una de sus pequeñas y blancas hojas y un poco de perfume de tus divinas palabras en la semilla que me fecundiza. ¡Señor, Señor, no te vayas sin concederme lo que te pido!
Jesús inclinó los ojos hacia el suelo. Aquella voz nacía de cáliz de una flor. Compadecido el Nazareno ante la súplica de aquella débil planta, le dijo:
