El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota LOS BUITRES Y LA PALOMA
Caifás desempeñaba el año de la muerte de Jesús las funciones de sumo sacerdote de Jerusalén, pero por deferencia a su suegro Anás, cuya edad era muy avanzada, se convino que tan pronto como Jesús cayera en manos de sus perseguidores, fuera conducido a casa de este último.
Anás, pues, estaba esperando al Galileo, y la dignidad de sumo pontífice de que se hallaba revestido aquella noche, le daba derecho a preguntar todo cuanto creyera conveniente en el asunto del falso profeta.
La comitiva que condujo al Nazareno desde la granja de Getsemaní, tan pronto como llegó delante de los atrios de la casa de Anás, comenzó a lanzar gritos de entusiasmo y alaridos de gozo. Aquellas voces alarmaron por un momento a los sacerdotes y fariseos que se hallaban reunidos en el salón de Anás.
Un sacrificador del templo que había ido con la comitiva, llamado Esaú,[116] entró en el salón, gritando:
—¡Ahí viene! ¡Ahí le traen! Ese hombre indudablemente es un Profeta, porque ante sus palabras los hombres caen, y cuando se queja, el trueno responde a sus lamentos.
