El mártir del Gólgota

El mártir del Gólgota

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LIBRO DECIMOQUINTO

EL GÓLGOTA

«Padre mío, perdónales; no saben lo que se hacen.» (San Lucas, capítulo XXIII.)

CAPÍTULO I

LA COLUMNA DE LAS AFRENTAS

El lictor bajó las gradas del palacio con la afrentosa sentencia en la mano, seguido de seis sayones, cuyo rostro amarillento, miserable catadura y encanijado cuerpo, revelaban su origen egipcio; hombres degradados en la repugnante profesión de atormentadores públicos. Apenas el licor les enseñó a Jesús, se lanzaron sobre Él como perros rabiosos y le condujeron casi a rastras bajo los pórticos donde se hallaba la columna de los ultrajes.

Tendría ésta escasamente cinco pies de largo y unos gruesos anillos de hierro donde se ataban los brazos del reo, de modo que la espalda presentara todo su frente para que los golpes no fueran infructuosos. El sentenciado debía recibir cuarenta azotes con varas de avellano formando haces. De estos cuarenta azotes se perdonaba uno para que no se descontara en perjuicio del paciente. ¡Vergonzosa clemencia que horroriza e indigna al mundo ilustrado!


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