El mártir del Gólgota

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CAPÍTULO II

ECCE HOMO

Jesús yacía en el suelo, rodeado de sus verdugos que escupían su rostro y maltrataban su cuerpo, cuando de pronto se levantó sobre sus rodillas y luego se puso en pie. Indudablemente, algún espíritu invisible había reanimado sus desfallecidas fuerzas.

Como los gritos de la muchedumbre se redoblaban en vez de amenguar, Pilato mandó que cubrieran las espaldas del reo con un manto de púrpura y le condujeran a su presencia. El juez romano pensaba por este medio irrisorio aplacar el furor del pueblo. Pilato mandó que Jesús, sostenido por dos soldados fuera sacado al balcón de su palacio para que el pueblo le viera con su manto de púrpura, su corona de espinas y la caña en la mano.

—¡Vedle, israelitas! —gritó Pilato desde el balcón—. Ecce Homo. ¡Hasta la figura del hombre ha perdido! ¡Despreciadle! Bastante castigado está por sus crímenes. ¿Qué os importa que este hombre viva o muera de la afrenta que acaba de recibir?

—¡Al Gólgota! ¡Al Gólgota! ¡Crucificadle! ¡Crucificadle! —exclamaba el pueblo.

Caifás, cuyo rencoroso corazón temía que Jesús se librara de la muerte, subió hasta la última grada del palacio y, colocándose en un sitio desde donde el juez romano podía oírle, gritó con desaforado acento:


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