El mártir del Gólgota

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CAPÍTULO IV

LA CRUZ

Al mismo tiempo que el decurión Longinos salía por la puerta Judiciaria precediendo la comitiva de Jesús, un hombre llamado Simón, natural de Cirene, en Libia, e israelita de religión, entraba con sus dos hijos Alejandro y Rufo. Simón venía del campo y se arrimó a la pared para no ser atropellado. Después entró en la ciudad.

Cayo Appio, que durante la dolorosa vía no apartaba los ojos de Jesús, viéndole desfallecer por instantes, se dirigió a uno de los soldados y le dijo:

—Observa a Jesús: no puede con el enorme peso del leño. Los miserables fariseos que se gozan en su horrible amargura y el desgraciado va a morir antes de llegar a la cumbre del Gólgota, si una mano caritativa no le ayuda a llevar el peso de la cruz.

Entonces Cayo fijó sus ojos en Simón y volvió a decir:

—Buen hombre, ayuda al condenado.

Simón se resistió, pero Cayo, cogiendo un haz de leña que el Cirineo llevaba a las espaldas y arrojándole lejos de sí, le dijo:

—Obedece al César.


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