El mártir del Gólgota

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CAPÍTULO IX

LA ASCENSIÓN

Cristo, después de su resurrección, se había aparecido primero a su madre, luego a Magdalena, después a las piadosas mujeres María, mujer de Cleofás; Juana, mujer de Chusas, intendente que fue de Herodes; a Salomé, madre de Juan y Diego, y a otras que le seguían en tiempo de la predicación.

El mismo día de la triunfante resurrección, los apóstoles, exceptuando Tomás, se hallaban reunidos en el cenáculo y Pedro refería con la ardorosa fe de su corazón el asombroso acontecimiento de la resurrección de Cristo. El sol acababa de ocultar los últimos rayos en occidente y dos lámparas de bronce alumbraban la habitación. Todas las puertas estaban cerradas, pues el temor de ser sorprendidos por los soldados de la Sinagoga no era extraño en los apóstoles. Después de exponer Pedro todo lo que había visto en el sepulcro, Cleofás y Lucas contaron a su vez la misteriosa aparición del viajero del camino de Emaús. La duda tenía cabida en el alma de algunos de aquellos futuros mártires; ya comenzaban las réplicas entre ellos, cuando Cristo se apareció en medio del cenáculo sin que ninguna puerta se abriera para darle paso. El asombro de los apóstoles fue grande.

La paz sea con vosotros —les dijo con aquella voz que penetraba hasta lo más hondo de los corazones—. Yo soy, miradme y no temáis.


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