El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota Los ángeles desaparecieron. Entonces los apóstoles, como fortalecidos con las misteriosas palabras, se agruparon para transmitirse la fe de sus corazones. Aquellas flores del Evangelio se dispusieron a perfumar el mundo con el aroma de las palabras del Mártir. Aquellos soldados de Jesucristo, anhelando sembrar la fructífera y bienhechora semilla del cristianismo, extendieron las manos sobre el sitio donde poco antes se habían fijado los pies de su Maestro, y juraron recorrer el universo predicando el Evangelio y morir por la fe de Cristo. Cumplieron su juramento. Ellos, como su Divino Maestro, derramaron hasta la última gota de sangre; ellos, mártires de la fe que en sus corazones había mantenido viva y pura el Nazareno, caminaron impávidos hacia la muerte y tuvieron su Gólgota como Jesús.
Desde el día que se separaron, dándose el último abrazo, hasta aquel en que encontraron su muerte, ni un solo momento les faltó la fe cristiana, que salvando a la humanidad, debía inmortalizar sus nombres. Jesús fue el código divino; sus discípulos los santos emisarios que se encargaron de extenderse por el universo.
La obra quedaba terminada: la redención completa.