El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota Pasaron algunos meses. Los vientos otoñales comenzaron a despojar las ramas de los árboles, de las amarillentas hojas. Las nieblas de octubre anunciaban las próximas nieves, cuando una mañana la trompeta de un heraldo romano llenó de curiosidad y zozobra a los pacíficos habitantes de Nazaret. Así como las espantadas abejas revolotean alrededor de la colmena, así los nazarenos se rebullían en torno de los soldados romanos, ansiosos de saber el motivo que a su indefenso pueblo les conducía armados del escudo de guerra y la lanza del combate.
Su incertidumbre duró poco, porque un centurión, agitando la banderola, indicó al heraldo que podía cumplir con su misión; éste alzó la larga trompeta, y después de arrancar al bélico instrumento dos prolongadas notas, indicando a la muchedumbre que iba a hablar, pronunció con voz clara y vibrante estas palabras: