El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota David deja el arpa y se goza en la contemplación del poético paisaje que se extiende a sus pies. Sus ojos se fijan en aquellas tres montañas entrelazadas, que tienen fosos gigantescos creados por la palabra del que hizo brotar el mundo de la nada, del que ha suspendido el sol en el firmamento, del que ha marcado límite a las turbulentas aguas del océano.
Entonces, viendo al Oriente el profundo valle de Josafat arrastrando por su lecho las rojizas aguas del Cedrón, al mediodía el escarpado barranco de Gehennón, y al Occidente el monte de los Cadáveres, exclamó con un gozo inexplicable:
—¡Jerousch al Aim, mansión de paz!, tú serás la ciudad fuerte de Israel; yo te engrandeceré hasta el punto que las naciones han de envidiarte; yo elevaré por el Norte, tu parte más débil, una triple muralla[54] donde se estrelle la codicia de tus enemigos.
David, el rey de la guerra, edificó a Jerusalén; Salomón, el rey de la paz, la engrandeció. El joven hijo de David se ciñó la corona el año 2970 de la creación del mundo. El monte de Gabaón vio correr por sus resbaladizas pendientes la sangre de mil víctimas sacrificadas a Jehová ante el altar de bronce de Moisés.
El Señor se le apareció en sueños y le dijo:
«Pide lo que quieras, amado mío».