El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota Sus corvos picos, sus aceradas garras, destrozaron sin piedad las entrañas de los deicidas, y los que sobrevivieron a tan horrible catástrofe, legaron a sus hijos una maldición eterna y una vida errante y vergonzosa hasta la consumación de los siglos.
Las profecías se han cumplido; el templo de Sión no alza sus soberbios pórticos; sus puertas de oro no se abren ante el paso del sacerdote hebreo; los descendientes de Jacob ya no acuden a sacrificar ante los altares del Dios invisible de sus mayores, y las arpas y los salterios de las hijas de Judá no elevan dulces y poéticas melodías al Santo de los Santos.
Moisés, el intérprete de Jehová, tu sabio legislador, tu dogma, ya no volverá a ilustrarte en el desierto. En vano esperas, pueblo maldito, la venida del Mesías: en tu seno tuvo su cuna, su rostro escupiste, su sangre derramaste, y su maldición aplasta con su peso la prosperidad de tus hijos.
No esperes, no, que los campos de Gabaón se cubran nuevamente con los laureles de Josué y los despojos sangrientos de los cinco reyes mandados por Adonisech.