El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota LA CARTA DE ROMA
Herodes había trasladado a Jerusalén el lujo y las costumbres de la ciudad de los Césares. Los artífices griegos, de cuyas obras tanto gustaban entonces los patricios romanos, se veían con frecuencia contratados por el rey tributario para embellecer los salones de su palacio.
Se hacía servir por un crecido número de esclavos etíopes, de esos hijos de la abrasada Libia, que fieles como los perros e inmutables como el bronceado color de sus mejillas, adoran a sus señores como a los dioses paganos de sus templos. Para formar contraste con éstos tenía otros de raza siriaca, de sonrosado cutis y dulce expresión. Daba el nombre de Cubículo a su cámara, y el de Ginneo a la pieza destinada a guardar las joyas y la corona real.
Cuando rodeado de sus mercenarios se entregaba a los placeres de Baco para ahogar en las vapores del Falerno y el Chipre los gritos de su conciencia, se complacía en invocar a todos los dioses paganos del Olimpo de Homero, echando de menos las libres bacantes de los bosques de Baya, y el delicioso Creta, que le servían en largos cuernos de plata cuando celebraba sus embriagadores banquetes.
Durante su permanencia en Roma, las sibaríticas costumbres de los libertos le habían fascinado, y quiso trasladarlas a Jerusalén.
