El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota —¿Qué hacéis en mi casa? —les preguntó Dimas con asombro.
—Tomar con autorización de la ley y el poder romano lo que tu padre me adeudaba —le respondió un anciano.
—El soplo de la muerte ha enmudecido la boca de mi padre: él no puede responderte; pero yo te juro por el Dios invisible de Abraham, Isaac y Jacob, que nada me ha dicho nunca de la deuda que ahora le reclamas.
—No miente un fariseo que peina canas en la barba, y que doblega la frente ante el ara de Sión. Éstos que me acompañan son testigos del préstamo que le hice y, por cierto, que con todo lo que posee no alcanza a las dos terceras partes de lo que me debe.
Dimas, aturdido, desconcertado, traspasado el corazón de dolor y de sorpresa, no hallaba palabras que contestar a aquel anciano que le iba a sumir en la miseria.
Los testigos afirmaron la verdad de las palabras del fariseo, y el alcabalero siguió su procedimiento, sin detenerle el doloroso ademán del pobre huérfano.
—Pues bien, anciano, llévate todo mi erario, mis vestidos, mi cama, si quieres, no me opongo; yo soy joven y robusto, y no me asusta el trabajo. Pero concédeme al menos un favor.
—Habla —le dijo con sequedad el fariseo.
—Préstame dos mil óbolos; yo te los restituiré.