El mártir del Gólgota

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CAPÍTULO III

TRATO ES TRATO

El dolor, como el placer, tienen su término, y se agotan cuando el corazón se hastía o se encallece. El pobre huérfano acabó por no encontrar lágrimas en sus ojos.

Tres meses, olvidado de los hombres, permaneció en un húmedo y sombrío calabozo, soñando siempre en la hora apetecida de la venganza. Una mañana entró el carcelero a notificarle que estaba libre. Dimas corrió a su casa y entonces supo por un vecino que el cuerpo de su padre había permanecido insepulto seis días, y que por fin los enterradores le habían arrojado a un muladar en donde se depositaban los cadáveres de los leprosos. Dimas oyó el repugnante relato sin despegar los labios.

Ni una lágrima asomó a sus ojos: su corazón se había encallecido, pero la venganza crecía en su pecho, como una roja amapola abrasada por el sol de Egipto. Durante el resto del día y la noche vagó sin rumbo por las calles de Jerusalén. Al amanecer vio que se hallaba en el barrio de Bezeta o ciudad nueva.


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