El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota LAS VÍBORAS DEL ESCLAVO
Embebecidos se hallaban en su relato histórico el viejo y el niño, cuando una mano apartó la pesada colgadura que cubría la puerta de entrada al camarín de Herodes, y detrás de esta mano apareció entre los ondulantes pliegues de seda la figura de Verutidio, general romano. El valiente mercenario llevaba el traje de campaña, con sus inmensas botas de cuero y su casco de bronce. Su barba y cabello, negros como las alas del cuervo, se hallaban cubiertos de polvo, y el manto de lana azul arrugado y medio desprendido del grueso clavo de oro que le sujetaba sobre el hombro. Todo indicaba en él que había hecho una jornada larga y a caballo. Herodes, al verlo entrar, apartó suavemente a su nieto, que se hallaba a su lado, y se incorporó sobre los blandos almohadones.
El romano se acercó con ademán familiar hacia el lecho, y besó por cumplido la mano que le extendía el rey de Judá.
—¡Ah! Por fin te dignas venir a ver a este pobre rey enfermo, mi valiente general. Supongo que me traerás nuevas de esos caldeos.
