El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota —Si Paulo no ha olvidado —continuó Antipatro bajando la voz— nuestras antiguas costumbres sibarÃticas, si aún prefiere el Chipre y el Falerno al agua, si recuerda aquellas deliciosas noches que pasábamos en la pequeña casita de campo de la vÃa Appia, desde cuya azotea se veÃa el sepulcro de los Scipiones; si aún es el amigo de Antipatro, esta noche al comenzar la vigilia media me esperará junto a la cuarta columna de los pórticos de palacio.
Y Antipatro, sin aguardar respuesta, se separó de Paulo, temeroso de que su padre sospechara algo de aquella familiaridad con que trataba al romano.
—¡Siempre el mismo! —se quedó murmurando Paulo—. Fino como una dama y fuerte como un gladiador del César cuando se trata de deber y de reñir. Pero ese muchacho se olvida que he llegado hoy y debo partir mañana. ¡Bah! Un soldado no rehusa nunca una media docena de botellas de Falerno, aunque se las ofrezcan en la hora de su muerte. Iré, iré: los desaires hechos a Baco suelen costar caros.
Herodes despidió a su corte con el pretexto de que deseaba descansar.
Achiab fue el último que le besó la mano.
—¿Conque partes mañana, abuelito? —le dijo.
—SÃ, pero mi permanencia en Roma será corta.
—¿Y qué vas a hacer en la ciudad del Cesar?