El mártir del Gólgota

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CAPÍTULO V

EN EL QUE DOS AMBICIOSOS FORMAN CASTILLOS EN EL AIRE ALREDEDOR DE ALGUNAS BOTELLAS

—¿Quién es esa mujer que canta como una bacante de los bosques de Baya herida por la flecha del dios ciego? —exclamó Paulo en un arranque de entusiasmo musical tan pronto como el eco de la última nota se hubo perdido en el espacio.

—Esa mujer —le respondió su amigo— es Enoé, mi esclava favorita, la solitaria guardiana de esta casa, refugio en mis ratos de hastío, consuelo de la eterna melancolía que me devora, nido, en fin, de un príncipe desgraciado.

—¡Tu melancolía!… ¡Tú, el bebedor incansable, digno rival de Marco Antonio, que encareció los vinos de Egipto en los banquetes de Cleopatra!…

—La sonrisa de los labios no tiene nada que ver con las amarguras del corazón. El vino embriaga y adormece las penas.

—Tienes razón, bebamos; el mofletudo Baco embellece el presente y borra el pasado. Pero hablemos de Enoé; me interesa tu esclava; cuéntame su historia.

—Enoé no tiene historia: es una violeta silvestre nacida en las márgenes del Nilo y trasplantada a Judá antes de abrir su perfumado pétalo; yo la compré a unos árabes, y la tengo en esta casa, tratándola como a una hermana cariñosa. Estoy seguro que esa pobre niña se dejaría matar por ahorrarme un suspiro de dolor.


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