El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota CLEOPATRA Y LOS TRIUNVIROS
Antes de penetrar en la orgullosa ciudad del Capitolio, antes de recorrer las calles de Roma, de esa reina del mundo, de ese arsenal inmenso de la gloria y del arte; antes de colocarnos delante de la figura imponente de Octaviano Augusto, emperador de los romanos, nuestros lectores nos permitirán que dirijamos una ojeada retrospectiva, desde la muerte de Julio César hasta el nacimiento de Jesucristo.
Julio, Graco y Pompeyo, después de formar el triunvirato, extendieron sus poderosas legiones por el mundo, ensanchando con sus continuas conquistas las posesiones romanas.
Pero la suerte comenzó a ser contraria al avariento Graco, y en las llanuras de Mesopotamia fue destrozado por el rey de los parthos, que sabiendo la sed insaciable de oro que acosaba al feroz romano, hizo que le cortaran la cabeza y que le echaran oro derretido en la boca, diciendo con ironía cruel:
—Ahora es preciso hártale de ese metal del que no ha podido saciarse durante su vida.
Italia recibió con un grito de dolorosa rabia la noticia de la derrota de las legiones de Graco. El triunvirato estaba deshecho; César y Pompeyo tardaron poco en indisponerse. Julio se hallaba en las Galias, Pompeyo en Roma, y ambos concibieron el ambicioso plan de gobernar solos la república.
