El mártir del Gólgota

El mártir del Gólgota

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Cleopatra, muellemente reclinada sobre ricos almohadones en la cubierta de su nave, bajo un riquísimo palio de brocado de oro, aspira con voluptuosa pereza el perfume del incienso que a su lado quemaban cuarenta hermosas mujeres, vestidas con todo el lujo y esplendor de Egipto, mientras doce niñas disfrazadas de amores agitaban sobre la encantadora cabeza de su soberana vistosos abanicos de plumas, purificando el ambiente con sus ondulaciones. Marco Antonio, a la vista de aquella encantadora aparición, se quedó fascinado como si la diosa de las espumas le hubiera enviado sus ninfas para recibirle. Desde aquel momento, el amor que le brindaron los brazos de la astuta reina le aprisionó en sus redes, y se olvidó de Roma, de su esposa Octavia, de su deber, para pensar sólo en Cleopatra.

Augusto, indignado del comportamiento de Antonio, le mandó castigara a los parthos, que comenzaban a insolentarse; pero, ¡ay!, Antonio y sus legiones se habían enervado en la corte de Egipto, y los parthos los destrozaron, y Antonio corrió a ocultar su vergüenza en los brazos de Cleopatra. Octaviano Augusto se propuso vengar a Roma y a su hermana, y se encaminó con un ejército considerable a Egipto.

Antonio, falto de valor para esperar a su contrario, huyó con su cómplice a la vista sólo de la flota de Augusto, retirándose a Alejandría, en donde se atravesó el pecho con su espada.


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