El mártir del Gólgota

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CAPĂŤTULO VII

OCTAVIANO AUGUSTO

—¡Salud al César! —exclamaron a un tiempo Mecenas y Agrippa.

—Para ti la quisiera yo, mi querido administrador.[100]

—¡Ah! Mi salud, poderoso Augusto, es una niña malcriada que hace algún tiempo anda descontentadiza por dentro de mi ser.

Y Mecenas, diciendo estas palabras, procurĂł incorporarse en el lecho.

Mientras tanto, el César se había sentado sin ceremonia alguna al lado de Agrippa.

—¿Sabes, querido yerno —dijo Augusto dirigiéndose a Agrippa—, que esta mañana mi hija Julia, tu esposa, me ha reprendido por las horas que te robo de su lado? La pobre no sabe que nos ocupamos en coleccionar las obras de nuestros queridos amigos Horacio y Virgilio, para enriquecer con ellas mi biblioteca griega y latina del templo de Apolo.

—Las mujeres son egoístas, señor; ninguna de ellas comprende sacrificar un instante de felicidad por el bien público —dijo Mecenas.

—Y sin embargo, nada les gusta tanto como exigir sacrificios de los hombres —repuso Agrippa.

—Dejando a las mujeres tal cual ellas son, tengo que daros una buena noticia —dijo a su vez el César.


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